Pasamos por el insomnio,
desde nuestras almohadas
hasta las delicias de tu torso,
blanco de dulzura,
como una vela encendida
en las sombras de mi desierto.
Y en el trayecto hasta tu rostro
no me compadezco de mis incitaciones,
no me arrepiento ni lloro,
y busco iluminado en nuestra noche
los deseos de tus ojos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario